SILENCIO DE LOS PASTIZALES

 

Mercedes Resch

 

 

 

 

 

 

Silencio de los pastizales

por Mercedes Resch; 2013

 

Silencio de los pastizales, testigos mudos del cambio. Al principio todo era verdeamarilloblanco. Pastizales en movimiento o quietos según el viento. Lo cubrían todo, eran los dueños de las pampas. El ojo se perdería en tanta inmensidad. Paja brava, vizcacheras, voladoras, no conocían la pisada del hombre ni la transformación de su mano.

Sin caminos, ni alambrados, sin árboles, sólo pajonales; nativos, propios de estas tierras. Imagino un paisaje dividido únicamente en dos, abajo los verdesamarillos casi blancos y arriba un azul profundo o un celeste transparente y nada más!, sin obstáculos, ni interrupciones, un gran espacio limpio  para perderse.

Cuando hay viento fuerte, los pastos se mueven todos juntos, en un gran movimiento suave, dibujando líneas curvas a la distancia como si fueran olas verdes en la tierra y con un sonido propio, casi un susurro muy agradable.

El ganado cambió el paisaje, o mejor dicho el hombre con su necesidad de controlar, de determinar su propiedad, alambrando todo, parcelando las tierras. Se mide, se estaca, se alambra. Se trazan mapas, caminos, rutas, se construyen pueblos, se plantan rieles para los trenes que atraviesan todo el territorio, sobre los pastizales. Vías paralelas, líneas perfectas plantadas sobre campos nativos con mucha flora silvestre, con pájaros y aves, todo en perfecta armonía.

Aparece el alambrado, grueso, duro, que limita los espacios para el ganado, las tierras sembradas, los lugares para el hombre. El alambre fue la reja por donde se empezó a ver el horizonte.

 

 

 

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Oxidos de la tierra

40x54cms; 2012

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Enterrado perdido

40x54cms; 2012

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Esqueleto de hierro

40x54cms; 2012

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Obra incial Nº23

50x50cms; 2012

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Obra inicial Nº27

50x50cms; 2012

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Obra inicial Nº29

50x50cms; 2012

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Narrativa Nº40

50x40cms; 2012

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Narrativa Nº41

50x40cms; 2012

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Narrativa Nº47

50x40cms; 2012

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Narración articulada Nº123

120x70cms; 2012

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Narración articulada Nº147

100x100cms; 2012

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Silencio del horizonte

50x30cms; 2012

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Narración articulada Nº278

100x100cms; 2013

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Poema lineal siete Nº1 al Nº5

24x18cms; 2013

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Obra cuadrada

20x20cms; 2013

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Enunciado vocal poético en a

40x100cms; 2013

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Enunciado vocal poético en e

40x100cms; 2013

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Enunciado vocal poético en i

40x100cms; 2013

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En el silencio de los pastizales I

120x50cms; 2013

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Narración articulada Nº105

70x50cms; 2013

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En el silencio de los pastizales II

120x50cms; 2013

 

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Instalación

20x20cms; 2013

 

 

 

[ FOTOS DE LA INAUGURACION ]

 

 

Armando rompecabezas de tiempo y de silencio

por Belén Gache; 2013.

 

 

Tesoros enterrados

Cierta vez, un rico comerciante, para evitar que sus enemigos se llevaran sus riquezas, las enterró en una finca vecina en lugar de en la suya. Cuando llegó el momento de recuperarlas, comprobó que el vecino, al encontrarlas, se las había apropiado. Otra vez, un rey que poseía un terrible secreto, cavó un agujero en la tierra y enterró allí sus palabras solo para descubrir que las espigas que allí crecían develaban las temidas palabras esparciéndola con el viento. Las “cápsulas de tiempo”, por su parte, son recipiente cuyo fin es mantener guardados y escondidos mensajes y objetos para que futuras generaciones los encuentren. En la muestra Silencio de los pastizales, Mercedes Resch recupera un tesoro escondido, un secreto, un pasado, un interrogante. La obra aquí presentada se basa en una serie de alambres, montones de alambres, que ha encontrado oxidándose bajo la tierra, en su trabajo diario en la huerta de La Tranca Cura Malal. Estos alambres rotos, quebrados, doblados, deformados, corroídos, envejecidos, olvidados, posiblemente hayan sido parte de algún cerco tejido que bordeaba el terreno del ferrocarril. La artista aventura que quizás fuera su propio padre quien los viera por última vez antes de ser cubiertos por la tierra. Así, estos alambres se presentan como una suerte de legado y, también, como una suerte de enigma a ser descubierto.

 

El espacio de la escritura

“Al principio todo era verdeamarilloblanco. Pastizales en movimiento o quietos según el viento. Lo cubrían todo; eran los dueños de las pampas”, dice Mercedes Resch. “Imagino un paisaje dividido únicamente en dos, abajo los verdesamarillos, casi blancos, y arriba un azul profundo o un celeste transparente y nada más, sin obstáculos, ni interrupciones; un gran espacio limpio para perderse. El ganado cambió el paisaje, o mejor dicho el hombre con su necesidad de controlar, de determinar su propiedad, alambrando todo, parcelando las tierras. Se mide, se estaca, se alambra. Se trazan mapas, caminos, rutas, se construyen pueblos, se plantan rieles para los trenes que atraviesan todo el territorio, sobre los pastizales”. El ser humano aparece en el paisaje con su afán de dividir, de controlar, de nombrar. El ser humano aparece con sus palabras. Las consideraciones de la artista aluden directamente a la diferencia entre los espacios lisos y espacios estriados, los dos modelos básicos del espacio planteados por Deleuze y Guattari: el espacio liso, modelo nómade, desterritorializado, ocupado por intensidades predominantemente táctiles y sonoras como el viento, el canto de los pastizales al mecerse, el silencio y el espacio estriado, cartesiano, mensurable, cartografiable. Los alambrados son las rejas. También son rejas las palabras que buscan cartografiar al mundo al nombrarlo.

 

La reconstrucción de la historia

“Estos alambres fueron parte de algo muy grande y que ya no es. Cuentan parte de una historia. Los tomo, les saco la tierra, solo queda el óxido y empiezo a dibujar con ellos sobre una tela blanca. Los miro, los corro, los toco, siento su rugosidad, sus deformaciones, los acerco, los alejo y finalmente cuando recompongo alguna trama, los coso con hilo negro”, dirá la artista. En cada una de las piezas, ella intenta reconstruir algo que en algún momento fue. ¿El alambrado? No el alambrado sino más bien la historia, una narración que viene de un pasado y que la artista va armando como un rompecabezas buscando reponer un sentido escondido. ¿Cuál es el secreto que guardan estas escrituras escondidas, rotas, corroídas? Cada pieza de la exposición nos narra una historia conformada por fragmentos, ilegibilidades, agujeros de memoria.

 

Hoards

La palabra inglesa hoard no tiene una exacta traducción en español. Se trata de un cúmulo, una reserva secreta, un tesoro escondido. En arqueología, refiere a un enterramiento o depósito de riqueza, una colección de artículos valiosos enterrados intencionalmente, en algún momento del pasado, con el fin de ser recuperados en algún tiempo futuro. La historia da cuenta de los hoards y sus múltiples peripecias: muchos se han perdido para siempre, otros han sido encontrados por aquellos que no debían encontrarlos, otros han logrado reunirse con sus destinatarios previstos. Pero los hoards no siempre se conforman de oro y de riquezas. Muchas veces son el resultado de rituales. A veces, incluso se componen de extraños amuletos.

 

Caligrafías encontradas

Para Mercedes Resch, esta reserva escondida y recuperada de signos funciona como un “texto encontrado”. El concepto de texto o poesía encontrada se conecta directamente con la noción de ready-made. Según la filosofía del ready-made, cuyos mentores fueron Marcel Duchamp y los dadaístas, es el gesto del artista el que convierte a esos elementos hallados en arte, arrogándoles un sentido estético.

Los alambres han sido desenterrados. Sin embargo, estos signos que vienen de otro tiempo, en algún momento han perdido su función del significado dejando solamente presente el armazón significante. Resch busca reencontrar en ellos el significado perdido.  Para ello, “los acerca, los aleja, recompone con ellos una supuesta trama preexistente”. ¿Se trata de un trabajo de desencriptamiento? ¿Constituyen estos fragmentos de alambre algún código secreto que le provee el pasado?

 

Escrituras asémicas

Escrituras asémicas, alfabetos desconocidos, lenguajes olvidados. Las piezas de Silencio de los pastizales se componen de signos abstractos que, al igual que las escrituras chinas, tal como las entendía Henri Michaux, rehúyen interpretaciones tanto analógicas como lingüísticas. Ni del todo imágenes ni del todo escrituras, a mitad de camino entre el leer y el ver, estas caligrafías realizadas con alambres recuerdan a ciertas pinturas abstractas. Por ejemplo, a los alfabetos de Paul Klee, quien intentaba adaptar el lenguaje poético a las artes visuales o Vasili Kandinsky, ambos artistas plásticos y a la vez poetas, ambos con un amplio conocimiento de la poesía experimental de su época. “Ut pictura poesis”: la frase que, desde la Ars Poetica de Horacio fijaba correspondencias entre arte y poesía; la frase retomada por Lessing en su Laocoonte y que intentaba analizar los límites entre ambos dominios; la frase retomada por el arte moderno para demostrar que la pintura poética debía independizarse de toda mímesis visual. Desde 1915, las letras de Klee, por ejemplo, se presentaban como formas visuales abstractas. Para la década del 30, este artista había desarrollado un sistema de escritura pictórica: sus poemas para ser pintados. A partir de allí, tanto pintores como poetas, como poetas visuales se dedicaron a la invención de alfabetos, desde Michaux hasta Xul Solar; desde Requichot hasta Brion Gysin o Mirtha Dermisache, entre tantos otros.

 

Apofenia

En ocasiones, los alambres de La Tranca Cura Malal se contorsionan y forman verdaderas vocales, ¿o son consonantes? El término “apofenia” remite a la tendencia humana a encontrar significativos patrones perceptivos en todas las cosas aleatorias: las nubes, las manchas de humedad, las cimas de las montañas. Y es que verdaderamente el mundo que habitamos está repleto de trazos y dibujos a ser descifrados: la caligrafía sinuosa de los ríos, las líneas onduladas dejadas por la espuma de las olas o por el viento al mover las arenas del desierto,  el trazado del vuelo de los pájaros. A lo largo de los siglos, magos y adivinos han intentado igualmente leer el mundo y el futuro a partir de lecturas de vísceras de animales, borra de café, tiradas de cartas. En la apofenia, los objetos diferenciados y sus significados surgen como una respuesta automática generada por los individuos que intentan comprender y “leer” el mundo que habitan.

 

Poesía háptica

“Estos alambres…los toco, siento su rugosidad, sus deformaciones…”, dice Mercedes Resch. Porque en su caso, además de la interrogación al texto encontrado, además del potencial alfabeto para mirar, aparece igualmente la dimensión háptica. La poesía háptica posee su tradición propia. Combinando características tanto de la tipografía como de la escultura, sus cualidades táctiles han sido explotadas tanto por el surrealismo (por Joseph Cornell, por ejemplo) como por el grupo Fluxus con sus conocidas cajas de “poemas para tocar”. En esta forma de comunicación que privilegia a los sentidos sobre lo lingüístico, la poesía háptica se alinea junto a la poesía sonora o la visual. Los misteriosos alfabetos de la artista son poesía y escultura, se trata de poemas asémicos tridimensionales. Pero además de en alfabetos, lo háptico aparece aquí también en el trabajo de la tierra, en el desenterramiento, en los alambres y en los pastizales.

 

El legado del lenguaje

Las escrituras aquí presentadas están constituidas a partir de una serie de pares de opuestos: silencio-lenguaje (el silencio (secreto) de los pastizales vs. el revelamiento en el alfabeto y consecuente mensaje de los alambres), pasado-presente, sentido-sin sentido. La oposición alambres-pastizales redunda igualmente en su necesaria relación topológica: las trazas de los pastizales (efímeras, flexibles, suaves, dúctiles) vs. las trazas de los alambres (rígidas, inflexibles, agresivas, peligrosas). “José Resch, mi padre, fue el responsable de cavar el pozo que hoy pertenece a La Tranca. Imagino que él fue el último en ver esos alambres…”. El padre de la artista fue el último en ver esos objetos (¿signos?) enterrados por el tiempo. Ella intenta aquí recuperar la mirada y el mensaje paternos haciéndose cargo de su legado. ¿Pero es que acaso cuando hablamos de lenguaje no hablamos siempre de una filiación? El lenguaje es aquello que nos es legado por un orden que nos antecede. Es el legado del lenguaje el que nos hace devenir parte de una cultura. Además de la figura paterna, están presentes aquí otras figuras ancestrales: el tiempo y la tierra, el Padre tiempo y la Madre tierra. Con las nociones de desenterramiento, de hallazgo arqueológico, Silencio de los pastizales refiere también a un pasado anterior, a un enigmático mito de origen. Mercedes Resch intenta una reescritura imaginaria; intenta donar de sentido a estos signos sabiendo de antemano que todo sentido es siempre eventual, contingente, imaginado. En todo caso, ella logra burlar la contingencia y encuentra su propio sentido en el proceso mismo de su reescritura.

 

 


Alambres desenterrados

por Mercedes Resch; 2013

 

Trabajo todos los días con la tierra, siembro la huerta, planto árboles frutales, aromos, acacias, sauces; al mover la tierra descubro todo tipo de objetos enterrados que han soportado el paso de los años deformándose, herramientas olvidadas, partes rotas de engranajes, torniquetas y más.., pero lo que más abunda son los alambres, ellos son gruesos, los he encontrado a montones. Sospecho que serían de algún tejido que bordeaba el terreno del ferrocarril; quebrados, rotos y de diferentes formas.

Hubo un tiempo en que lo que ya no se usaba, lo que se descartaba -la basura- se prendía fuego o se enterraba, cada uno lo hacía en su propio terreno, en hoyos particulares de cada casa. Con el paso de los años, la erosión, el fuego, la tierra y el óxido, lo único que quedó de todo eso, es el metal, el hierro.

José Resch, mi padre, se encargaba de realizar pozos ciegos y, en especial, fue el responsable de cavar el pozo que hoy pertenece a La Tranca, mi casa. Imagino que él fue el último en ver esos alambres, a los que fue cubriendo lentamente con tierra y toscas blancas sacadas del profundo pozo.

Alambres encontrados, oxidándose bajo tierra por más de 30 años. Muchos de ellos desenterrados del jardín del gallinero, cerca del pozo ciego, cuando traspasé un cerco de plantas y realizando un gran hoyo para un fogón.

Los he juntado por mucho tiempo, en baldes, fuentones. Por algún motivo desconocido, me negaba a cargarlos en bolsas y tirarlos en el volquete que hay en La Loma; hoy ya no entierran la basura en el pueblo.

Estos alambres me resultan especiales, transformándose todo el tiempo, corroídos, que fueron parte de algo muy grande y que ya no es. Cuentan parte de una historia. Los tomo, les saco la tierra, solo queda el óxido y empiezo a dibujar con ellos sobre una tela blanca. Los miro, los corro, los toco, siento su rugosidad, sus deformaciones, los acerco, los alejo y finalmente cuando recompongo alguna trama, los coso con hilo negro.

¿Reconstruyo un tejido que ya no es?

Hasta el momento de iniciado el trabajo con alambres, mi obra anterior tenía como base, sustento y contenido la palabra escrita. El trabajo actual también habla o dice textos escritos, pero de otra manera, es como un código que genera una suerte de escrito.

 

 


 

 

 

[ FOTOS DE LA INAUGURACION ]

 

 

 

 

1º de junio al 27 de julio de 2013

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